Antes de eso el profesor Gonzalo Santos había escrito otro libro, "En las escuelas", donde narra su amarga experiencia como docente en las escuelas de secundaria de la misma ciudad. No he leído los libros, pero he leído las entrevistas y visto varios videos. Resulta que su denuncia franca y valiente, en contra de todo el establecimiento educativo y a pesar de la apatía de los otros docentes, le ha valido la dudosa categoría de celebridad mediática.
Aquí van tres fragmentos de la entrevista cuyo link coloco abajo:
" Es que finalmente comprende que 'todo en definitiva era una gran puesta en escena: yo simulaba que enseñaba y ellos debían aprender y, si no aprendían, al menos debían simular que aprendían para que yo después pudiese simular que los evaluaba y ponerles una nota satisfactoria que luego los Simuladores Mayores podrían incorporar a sus pomposas y orwellianas estadísticas' "
"Si uno tiene un gran porcentaje de alumnos desaprobados en el primer trimestre, enseguida aparece el dedo acusador del directivo que te pregunta qué es lo que no hiciste, qué estrategias empleaste mal; se presupone siempre que el docente está haciendo algo mal, como si fuese la única variable que interviene en la situación, cuando hay otro montón de cosas."
"…no fui más profesor y pasé a ser un cuidador y un entretenedor más. O más bien un celador, como todos los demás profesores…"
Si, a pesar de los discursos paternales y las sutiles presiones de todas partes, Ud. todavía conserva su independencia y su carácter, tendrá que reconocer que aquí en Colombia no es muy diferente. A menos que haya decidido optar por el camino del cinismo para legitimar lo absurdo e incoherente.
A propósito de lo expuesto por el profesor Gonzalo en la entrevista, me asombra el paralelismo, en muchos aspectos, entre la absurda realidad educativa de allá y la situación colombiana. Sobre todo, me resultó bastante familiar la actitud de derrota implícita en la acción de aprobar a los chicos por lástima, por evitar problemas, por presiones administrativas. Y me indignó la claudicación y la entrega de principios éticos que alguna vez fueron inalienables, lo mismo que sucede por acá.
En la escuela pública colombiana un docente comprometido cumple con su trabajo e intenta ser coherente con su función social, sin embargo, al cabo de algunos años se cansa de intentar y termina por acomodarse y legitimar situaciones académicas incongruentes. Algunos perciben el problema como exclusivo de la enseñanza y aprendizaje de las matemáticas. Quizás porque las asignaturas que orientan tienen una dinámica que exige un desempeño menos demandante o porque han sabido "adaptarse" a las anomalías.
Yo me siento desconcertado y un poco desanimado. Amo lo que hago y disfruto de enseñar. Tengo gran respeto por mi área y no creo que deba avergonzarme de decirles a los niños que es el más importante de los saberes. Me fastidia escuchar decir que no hay que poner tareas o que saberse las tablas no es necesario. Y en general me huelen a podrido todas esas modas pedagógicas inútiles a las que se somete a los chicos para dejarlos convertidos en analfabetas funcionales, quienes difícilmente calculan el total de una compra en la tienda de la esquina.
Tal vez por eso me siento tan sintonizado con los reclamos de Gonzalo. Sé que en nuestro caso las cosas no son tan graves. La formación docente, al contrario de lo que pasa por allá, tiene un componente de calidad muy diferente. Esto hace que nuestro panorama sea muy alentador e implica que con más voluntad y compromiso y menos viveza y marrullería se puede lograr mucho.
Si soy el profesional que digo ser, mi trabajo debería ser enseñar con calidad y mi asunto debería ser el cultivo del conocimiento. Cualquier argumento, por elegante que parezca, que busque maquillar la realidad y justificar la mediocridad debería ser inaceptable.
El artículo donde aparece la entrevista al profesor Gonzalo tiene el provocador título:
"Por demagogia de inclusión, se aprueba a alumnos que no saben"
No hay comentarios:
Publicar un comentario