domingo, 21 de enero de 2018

Humanismo o disciplina, un dilema por resolver

Un docente argentino, llamado Gonzalo Santos, publica un escandaloso libro donde retrata la crisis de la educación pública en la Provincia Autónoma de Buenos Aires. En otro lugar del mundo un docente colombiano que vive la perplejidad que le ocasionan las contradicciones de su propio modelo educativo, descubre el libro a través de una entrevista en Youtube y escribe una entrada en su blog.

Lo valioso del aporte de Gonzalo Santos para Argentina, es que pone el dedo en la llaga y hace una denuncia con contundencia y franqueza, misma que ha obligado a revisar el tema por parte del ministerio correspondiente (o por lo menos lo han llamado para que amplíe sus denuncias... o ¿amenazarlo?). Lo interesante para nuestro caso colombiano es, que viviendo una realidad paralela y similar a la nuestra, él llega a conclusiones que son asombrosamente idénticas a las que nosotros pudieramos permitirnos, si nos diera la gana y si no estuviéramos tan ocupados construyendo castillos con pompas de jabón.
 
La emoción de descubrir que no estoy tan loco como sospechan algunos, o que por lo menos hay alguien tan perturbado y excéntrico como yo, me instan a compartir su testimonio. Sin embargo, no resulta sensato vincular su experiencia con nuestra realidad, sin hacer un preámbulo que nos proporcione contexto. Como es mi personal interpretación, Usted puede estar en desacuerdo, y parafraseando al filósofo-lustrabotas de Medellín, quizás piense: "interesante pero discutible"

El contexto lo proporcionan nuestras instituciones y por eso voy a referirme al balance que se hace al terminar cada año, y que muestra altos índices de fracaso en algunas áreas del conocimiento, pero que curiosamente no se corresponden con los índices de promoción. Dicho en otras palabras, de forma sutil y elegante para no sonar chocante:  

Se suele evidenciar, a veces de forma imperceptible y otras de manera notable, una tendencia a promover sin que existan suficientes méritos.

Este "favorecimiento" es entendible, aunque objetable, en las jornadas nocturna o sabatina y en los programas caminar o aceleración. Hay en juego algunas consideraciones "humanísticas" y muchas variables sociales imponderables. Por el contrario, en la jornada regular esa flexibilidad gratuita no tiene razón de ser. No obstante, ha venido sucediendo en casi todas las instituciones oficiales, por una controvertida forma de alquimia conceptual que trasmuta la misión del maestro en una especie de servicio social compasivo, y que convirtió la búsqueda de la promoción, por parte del estudiante, en una colección de prácticas mendicantes. ("Ayúdeme profe")

Así, "el pesar" se vuelve el exclusivo recurso de algunos chicos, quienes esperan confiados a que la comisión de evaluación les dé la "patadita de la buena suerte" que les permita pasar al grado siguiente. Es decir que la promoción que antes hacíamos por decreto (95%), ahora puede hacerse por lástima, cansancio, o apatía.

Y como no hay mal que dure 100 años, en aquellas asignaturas que requieren saberes previos bien fundamentados, la acumulación de carencias vuelve imposible sostener resultados satisfactorios. No hay ninguna maldad del profesor cuando deja de aprobar al alumno; es que no hay ninguna evidencia que lo justifique. Por eso el niño pierde la asignatura y no hay San José de Cupertino que valga.

En IK los resultados del año pasado así lo demuestran. No es fortuito ni inesperado que hubiera tanta pérdida y que las matemáticas tuvieran tanto protagonismo. Por el contrario, es el desenlace lógico de un proceso de negligencia sistematizada, estimulada por el estado, y de las torpes y equivocadas estrategias de promoción que buscan embellecer las estadísticas y engordar los números del mal llamado Índice Sintético de la Calidad Educativa.

Son comprensibles los alegatos de quienes anteponen el humanismo y el asunto de la felicidad de los niños a las razones de tipo racional y académico. Sus argumentos son tan justos y sensatos que termina uno por darles la razón. Sin embargo, nos equivocamos todos en la interpretación y aplicación, pues  poniendo números más altos o caritas felices a quien no tiene las competencias, no le estamos haciendo ningún favor al sujeto y menos a la sociedad.

Y esta observación no es para nada trivial. El país necesita de la inteligencia lógica de sus ciudadanos (ya tenemos mucho de las otras inteligencias) para producir la ciencia y la tecnología necesaria para resolver los retos ambientales, nutricionales, energéticos y de salud del recién inaugurado milenio. Mintiéndonos a nosotros mismos nunca será posible lograrlo.

El fenómeno no es local y es probable que sea latinoamericano. Por lo menos se sabe que en Argentina es mucho peor. Así se deduce de los apartes de la entrevista a Gonzalo Santos, quien denuncia en su libro "En las escuelas", las lamentables situaciones de persecución y acoso al docente por parte un sistema educativo en crisis.

Tuve la fortuna de encontrar esa entrevista y me sentí bastante identificado con la frustración de Gonzalo Santos. Aquí se viven situaciones similares, legitimadas principalmente por falsas posturas pedagógicas pero sobre todo por la abulia y la apatía de gran parte de los trabajadores de la educación, cansados de pelear contra un estado que les pone toda clase de trabas administrativas, les  restringe derechos y les niega dignidad y respeto.

 En la anterior entrada comenté y compartí dicha entrevista.

"Colombia la más educada" parece ser una ilusión posible si cambiamos la lástima y la actitud mendicante por disciplina y justicia administradas con comprensión.

sábado, 20 de enero de 2018

La moda pedagógica de promover alumnos que no saben

En otro momento compartí una entrevista a Gonzalo Santos donde se refería a su libro (De)formación docente". En él se habla, con descarnada franqueza y sin eufemismos, de la baja calidad de las escuelas de formación de maestros en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
 
Antes de eso el profesor Gonzalo Santos había escrito otro libro, "En las escuelas", donde narra su amarga experiencia como docente en las escuelas de secundaria de la misma ciudad. No he leído los libros, pero he leído las entrevistas y visto varios videos. Resulta que su denuncia franca y valiente, en contra de todo el establecimiento educativo y a pesar de la apatía de los otros docentes, le ha valido la dudosa categoría de celebridad mediática. 

Aquí van tres fragmentos de la entrevista cuyo link coloco abajo:

" Es que finalmente comprende que 'todo en definitiva era una gran puesta en escena: yo simulaba que enseñaba y ellos debían aprender y, si no aprendían, al menos debían simular que aprendían para que yo después pudiese simular que los evaluaba y ponerles una nota satisfactoria que luego los Simuladores Mayores podrían incorporar a sus pomposas y orwellianas estadísticas' "

"Si uno tiene un gran porcentaje de alumnos desaprobados en el primer trimestre, enseguida aparece el dedo acusador del directivo que te pregunta qué es lo que no hiciste, qué estrategias empleaste mal; se presupone siempre que el docente está haciendo algo mal, como si fuese la única variable que interviene en la situación, cuando hay otro montón de cosas."

"…no fui más profesor y pasé a ser un cuidador y un entretenedor más. O más bien un celador, como todos los demás profesores…"

 Si, a pesar de los discursos paternales y las sutiles presiones de todas partes, Ud. todavía conserva su independencia y su carácter, tendrá que reconocer que aquí en Colombia no es muy diferente. A menos que haya decidido optar por el camino del cinismo para legitimar lo absurdo e incoherente.

A propósito de lo expuesto por el profesor Gonzalo en la entrevista, me asombra el paralelismo, en muchos aspectos, entre  la absurda realidad educativa de allá y la situación colombiana. Sobre todo, me resultó bastante familiar la actitud de derrota implícita en la acción de aprobar a los chicos por lástima, por evitar problemas, por presiones administrativas. Y me indignó la claudicación y la entrega de principios éticos que alguna vez fueron inalienables, lo mismo que sucede por acá.

En la escuela pública colombiana un docente comprometido cumple con su trabajo e intenta ser coherente con su función social, sin embargo, al cabo de algunos años se cansa de intentar y termina por acomodarse y legitimar situaciones académicas incongruentes. Algunos perciben el problema como exclusivo de la enseñanza y aprendizaje de las matemáticas. Quizás porque  las asignaturas que orientan tienen una dinámica que exige un desempeño menos demandante o porque han sabido "adaptarse" a las anomalías.

Yo me siento desconcertado y un poco desanimado. Amo lo que hago y disfruto de enseñar. Tengo gran respeto por mi área y no creo que deba avergonzarme de decirles a los niños que es el más importante de los saberes. Me fastidia escuchar decir que no hay que poner tareas o que saberse las tablas no es necesario. Y en general me huelen a podrido todas esas modas pedagógicas inútiles a las que se somete a los chicos para dejarlos convertidos en analfabetas funcionales, quienes difícilmente calculan el total de una compra en la tienda de la esquina.

Tal vez por eso me siento tan sintonizado con los reclamos de Gonzalo. Sé que en nuestro caso las cosas no son tan graves. La formación docente, al contrario de lo que pasa por allá, tiene un componente de calidad muy diferente. Esto hace que nuestro panorama sea muy alentador e implica que con más voluntad y compromiso y menos viveza y marrullería se puede lograr mucho.

Si soy el profesional que digo ser, mi trabajo debería ser enseñar con calidad y mi asunto debería ser el cultivo del conocimiento. Cualquier argumento, por elegante que parezca, que busque maquillar la realidad  y justificar la mediocridad debería ser inaceptable.

El artículo donde aparece la entrevista al profesor Gonzalo tiene el provocador título:
"Por demagogia de inclusión, se aprueba a alumnos que no saben"

Aquí está la entrevista a Gonzalo Santos

viernes, 19 de enero de 2018

¡Otra vez la culpa es suya, profesor!

Un día de esta semana me encontré con un chico que reprobó el grado noveno. Para efectos prácticos en esta historia lo llamaremos Juanito.

Seguramente la mamá de Juanito le cuenta a sus amigos y familiares que "Juanito perdió el año por culpa del profesor de matemáticas". Juanito sabe que eso no es verdad, pero su mamá lo ha dicho tantas veces y con tanta convicción que también Juanito termina por creerlo.

No obstante lo anterior, Juanito, que no es rencoroso ni vengativo, me saludó con una hermosa sonrisa y me demostró la misma cordialidad del año pasado, la cual es recíproca, por supuesto. Me dió a entender que anda muy confiado en sus opciones de promoción anticipada. Le dije ¡claro! Tienes todas las posibilidades. ¡Ánimo Juanito!

Después coincidí en uno de los pasillos con otro estudiante repitente, vamos a llamarlo Pepito, quien me saludó sin tanta simpatía, pero igual de respetuoso. Sé, pues me lo dijo el año anterior, que Pepito también intentará aplicar para la promoción. Pepito, al contario que Juanito, sí es rencoroso y vengativo.

A medida que pasan los días descubro  más repitentes de grado noveno: Pepitos, Pepitas, Juanitos, Juanitas, presurosos por agradar. Optimistas y confiados, me repiten varias veces, en clase o por fuera, que no están dispuestos a quedarse en noveno y que van a trabajar duro para alcanzar la promoción anticipada al grado décimo.

Uno termina por creerles al verlos tan gallardos con sus camisetas nuevas, cuaderno al día, compás, regla, trasportador y además una sincera actitud de respeto e interés.

Luego imaginé la situación de las próximas semanas: Juanito hará un poco de esfuerzo para aprobar las asignaturas que se resuelven con talleres y actividades diversas que no requieren demasiado raciocinio aunque sí voluntad y trabajo. No tendrá dificultades con inglés, pues es bueno en eso. Y su retórica de culebrero le permitirá aprobar castellano con honores. En ciencias podría tener un poco de dificultad, pero si se aplica, seguro lo logra. Por convivencia no tendrá problema pues tiene un don natural para el diálogo y la persuasión.

Por su parte, Pepito, quien refiere tener "problemas" en casa (que yo interpreto como dificultades normales asociadas a la rebeldía natural de la adolescencia), y quien a veces deja de venir 2 o 3 veces por semana, hará lo posible por asistir todos los días y siendo tan avispado como es, vivirá una situación similar.

¿Y matemáticas? Probablemente vuelvan a reprobar. Considerando que son chicos de noveno enfrentados a retos intelectuales de grado séptimo, a quienes les cuesta trabajo la aritmética elemental de quinto de primaria.

No es por capricho o azar que reprobaron matemáticas y no creo que en vacaciones hubieran estado trabajando para superar los cuatro años de atraso cognitivo. Sería un verdadero milagro.Y en caso de que así fuese, no creo que sean muchos.

Así las cosas, y como no hay cama pa' tanta gente, surge la pregunta: ¿Qué carajos puedo hacer en esa incómoda posición de policía, juez y verdugo? ¿Aprobarlos sin méritos porque es más importante su felicidad?

Otra vez el juicio, el veto y la descalificación del profesor por parte del acudiente, los estudiantes y algunos colegas. Incluso amenazas tangibles de agresión física, como algunas vividas en años pasados, porque el estudiante, acostumbrado a ser promovido por la inercia de las prácticas flexibles, no acepta sus carencias pero está listo para culpar al profesor. 

Y lo peor es la soledad del docente, quien ahora debe disculparse ante todos: los chicos que reprueban, sus acudientes, los amigos de los chicos que reprueban, los acudientes de los amigos de los chicos que reprueban, y  algunos colegas docentes o directivos.

Además la disculpa debe incluir al MEN y al mundo académico,  cuyos exponentes preclaros, se refieren en abundancia al fracaso de las estrategias educativas que incluyen la repitencia, y demuestran desde la autoridad de su estatus científico o filosófico las bondades de ser comprensivos hasta la impunidad.

Esperemos que el tiempo no me dé la razón. Sería algo muy desagradable que estas primeras semanas se volvieran otro refuerzo más largo que el del año pasado. Además que resulta injusto e incongruente quedar como el villano de la película y ser señalado de nuevo por algo que parecía cosa juzgada y resuelta.

¿Recuerdan al profesor calvo y malvado de la película The Wall?

Confesiones de un tacaño

Tengo una confesión para hacer: soy un tacaño. No sé si lo he sido siempre o me trasformé con los años.

Tal vez la primera en darse cuenta, fue mi hija.

-¿Pa, por qué no nos vamos en taxi?
-¿Cómo se le ocurre? Caminando hacemos ejercicio y el ejercicio es salud.

Supongo que al principio fue fácil embolatarla.

-Pa, quiero esos yines rotos, arrugados y sucios que se ven en esa vitrina y que solo valen $250.000
-No mija, en San Andresito valen $40.000 y los entregan limpios y en perfecto estado.

Cuando creció me resultó imposible enredarla. Así resulté pagando $150.000 por unos zapatos de tenis en tela, igualitos a los modestos y económicos  CROYDON de mi época de estudiante. Si tenían la marca CONVERSE, podían costar hasta $240.000.

No obstante ser un tacaño, puedo ser bastante razonable a la hora de gastar, sobre todo después de amargarme con las consecuencias de comprar barato. Recuerdo haber comprado dos pares de zapatos en una promoción “dos pares por el precio de uno”.  Me duraron menos de dos meses: la imitación cuero hecha de cartón, se malogró. Desde entonces en cuestión de calzado voy a lo seguro, solo zapatos de marca.

En un restaurante tengo que hacer gala de mucho auto control para pagar, por una comida de $10.000, hasta $28.000, que dizque porque el restaurante tiene un ambiente exclusivo. De hecho no me molesta pagar un alto costo, si estoy convencido de que el objeto y el servicio realmente lo vale. Lo contrario me deja la humillante sensación de haber sido estafado.

Ser tacaño no es bueno. Siempre se tiene una agobiante sensación de abuso con los precios de ciertos establecimientos. La semana pasada fui a La Lucerna: volovanes con pollo $14.000, pasable. Helado de no sé qué cosa, $8.500, pasable. Un vasito con 250 mililitros de coca cola y un cargamento de hielo… $3.800, ¡qué robo! ¿Y saben cuánto cuestan unas papitas a la francesa?  $8.000.

 ¡Ladrones, sinvergüenzas! Una libra de papa en el supermercado cuesta $600 y estoy seguro que el campesino que la cultiva y la cosecha no la vende en $200.

Y aquí va otro ejemplo: el agua. Una botella de 600 mililitros puede costar desde $2.000 hasta $5.000 dependiendo del lugar. Con el precio de la gasolina por las nubes pagar hasta cinco veces más caro por agua corriente es absurdo. Apuesto a que Usted nunca se había puesto a pensar en ello.

No obstante los tacaños intentamos defendernos del abuso. Así, un tacaño que se respete nunca compra agua embotellada y si lo hace, guarda el recipiente, así puede llenarlo con agua de la llave para la próxima vez que necesite. Lo mismo pasa con el té. Una botella te cuesta $2.200. Pero si lo preparas en casa pagas por el sobre $1.000 y rinde tres botellas.

Podría citar otros ejemplos de descarado robo en los precios de artículos corrientes, que se convierten en razones de indignación constante para nosotros los tacaños, pero no es necesario. Dejemos así y terminemos mencionando lo que más me desconcierta al momento de pagar. Una pregunta que me descoloca y para la cual siempre tengo una respuesta vacilante ¿Desea incluir el servicio?

¿Luego el servicio no está implícito en el costo de la comida, la cerveza o el tinto?

El año pasado me pasó en una celebración de cumpleaños. En uno de esos restaurantes donde los meseros visten mejor que los comensales me cobraron $375.000 por almuerzo para 7 personas, jugos naturales  y jarra de sangría. ¡Qué atraco!, pensé. Pero faltaban los $37.500 del servicio. Por supuesto no dije ni mu, y pagué entre indignado y resignado.

¿Qué clase de atrevido descaro de ha ido apoderando de los comerciantes? ¿Cómo es eso que ahora completan el modesto salario que pagan a sus empleados con nuestro dinero? ¿Quién garantiza que “el servicio” o propina voluntaria no pasa a manos del propietario del negocio?

Y lo peor es que le preguntan a uno con fingida cortesía, como si de verdad uno tuviera opción. ¿Quién se niega? ¡Qué dirá la gente! ¡Qué oso!

Al final siempre pago la “propina voluntaria” y quedo con la duda: ¿Será que hay otros tacaños que se escandalizan en forma parecida? ¿Perteneceré a alguna especie extraña de persona? ¿Habrá otros como yo, quienes nunca compramos agua embotellada ni usamos Levis?

Si Usted es de los míos unámonos en una asociación para contestar “no” a la preguntica sobre incluir el servicio. Mientras tanto y hasta que no encuentre apoyo, seguiré pagando la “propina voluntaria” sin protesta ni reclamo. ¡Qué oso!  Alguien podría descubrir que soy tacaño. Y aunque lo soy, no es necesario que los demás lo sepan.