Normalmente nosotros no usamos la expresión “lectura crítica”, a menos que sea una tarea obligatoria de la institución donde trabajamos. Pero cuando nos toca hacerlo, hablamos de su
importancia (lo que es apenas obvio). Mencionamos cierto autor. Exponemos un decálogo de pasos para “hacer lectura crítica”, y como casi siempre, no llegamos a mucho, pues todo se nos va en pretensiones. Y seguimos la vida lo mismo que antes, pero con la ilusión de que somos menos ingenuos y menos susceptibles de ser engañados. Al menos así me pasa a mi.
Y cuando se requiere de nuestro compromiso con lo importante, se nos olvida hacer la adecuada lectura de los hechos, pues tal vez pensamos que la “lectura” se refiere al lenguaje que aparece formando garabatos sobre el papel y no a la interpretación de la realidad que nos es presentada en cada vez muchas más formas y por los más variados medios.
viernes, 11 de agosto de 2017
viernes, 4 de agosto de 2017
El día que conocí a Lola Flórez
Lola llegó a nuestra vida envuelta en un suéter y por azares del destino. No traía nada consigo. Ninguna identificación, ninguna señal particular visible. Nunca supimos cuantos meses tenía cuando la conocimos. Era tan negra como el color negro de las minas de lápices de color cuando son negras.
Se veía pequeña e indefensa en los brazos de mi hija con sus ojitos negros donde se mezclaba el temor y la irrefrenable curiosidad que tienen los cachorros ante lo desconocido. Sus orejitas gachas en señal de sumisión y entrega se movían inquietas de manera intermitente, arriba y abajo, como diciendo: estoy tranquila, estoy nerviosa, ahora vuelvo a estar tranquila, otra vez nerviosa.
¿De dónde sacó ese animal? le pregunté a mi hija, entre sorprendido y consternado.
Me explicó que se la había encontrado, perdida y asustada, en el parque Gaitán. Le hice prometer que al día siguiente habría de buscar a sus dueños. Hizo la promesa. No sé si hizo la búsqueda aunque me aseguró que si.
Creo que ya son siete los años que Lola nos acompaña. Nunca estamos solos aunque lo estemos. Ella siempre está cerca, a veces sentada, otras echada mirándonos con adoración. O profundamente dormida en un tapete a mi lado, como pasa en este exacto momento.
Antes de su primera visita al veterinario Lola era simplemente Lola. Después tuvimos que darle un nombre más protocolario para colocarlo en el informe de las vacunas: Lola Emilia Flórez.
Lola nos hace una fiesta cada vez que llegamos, aunque hallamos salido solo cinco minutos para ir a la tienda. Y nos despide desde la ventana, donde permanece hasta que hemos volteado la esquina.
Lola Flórez no tiene pedigrí ni alcurnia, y probablemente sea la perra más boba que conozco. No da la mano, no se hace la muerta, no entiende eso de no estar encima de las visitas. Y puede pasar horas enteras escarbando en el suelo, tratando de atrapar y morder el reflejo de una luz laser.
Lola no es muy lista, pero le sobra corazón para amarnos más allá de los merecimientos, porque así son los perros, amor incondicional y solo porque si.
Se veía pequeña e indefensa en los brazos de mi hija con sus ojitos negros donde se mezclaba el temor y la irrefrenable curiosidad que tienen los cachorros ante lo desconocido. Sus orejitas gachas en señal de sumisión y entrega se movían inquietas de manera intermitente, arriba y abajo, como diciendo: estoy tranquila, estoy nerviosa, ahora vuelvo a estar tranquila, otra vez nerviosa.
¿De dónde sacó ese animal? le pregunté a mi hija, entre sorprendido y consternado.
Me explicó que se la había encontrado, perdida y asustada, en el parque Gaitán. Le hice prometer que al día siguiente habría de buscar a sus dueños. Hizo la promesa. No sé si hizo la búsqueda aunque me aseguró que si.
Creo que ya son siete los años que Lola nos acompaña. Nunca estamos solos aunque lo estemos. Ella siempre está cerca, a veces sentada, otras echada mirándonos con adoración. O profundamente dormida en un tapete a mi lado, como pasa en este exacto momento.
Antes de su primera visita al veterinario Lola era simplemente Lola. Después tuvimos que darle un nombre más protocolario para colocarlo en el informe de las vacunas: Lola Emilia Flórez.
Lola nos hace una fiesta cada vez que llegamos, aunque hallamos salido solo cinco minutos para ir a la tienda. Y nos despide desde la ventana, donde permanece hasta que hemos volteado la esquina.
Lola Flórez no tiene pedigrí ni alcurnia, y probablemente sea la perra más boba que conozco. No da la mano, no se hace la muerta, no entiende eso de no estar encima de las visitas. Y puede pasar horas enteras escarbando en el suelo, tratando de atrapar y morder el reflejo de una luz laser.
Lola no es muy lista, pero le sobra corazón para amarnos más allá de los merecimientos, porque así son los perros, amor incondicional y solo porque si.
La importancia de llamarse Julián
En mis épocas de apasionado lector conocí una obra de teatro de Oscar Wilde titulada "La importancia de llamarse Ernesto". Nunca la leí pero siempre creí que el título era una referencia precisa a un personaje llamado Ernesto.
Me sorprende enterarme que la obra original en inglés se llama "The importance of being Earnest" que traducida al español sería "La importancia de ser serio". El juego de palabras en inglés se origina porque Earnest (serio) y Ernest (nombre propio) son homófonas.
Por supuesto que una buena traducción del título al castellano debería conservar la intención de jugar con el título por parte del autor, lo cual no sucede. Sin embargo, si pasa con la obra en catalán: "La importància de ser Frank", se conserva el juego de palabras del título original, pues en catalán el nombre «Frank» y la palabra «franc» (honesto) son homófonos.
¿Y de que me sirve saber tal cosa? De nada, por supuesto. Solo es un párrafo introductorio para mencionar la importancia de nuestro nombre.
¿Alguna vez ha imaginado llamarse de otra manera? Si su nombre fuera distinto tal vez Usted no fuera quien es. Quizás no estuviera casado(a) con su cónyuge actual o su profesión fuera diferente.
Ahora bien, haberse llamado distinto puede no ser traumático si el nombre es aceptable o reconocido. Incluso si no es un nombre bonito pero es común, uno debería darse por satisfecho. Pero tener un nombre raro o considerado feo, debe ser muy malo para la autoestima.
Para la mayoría esto es solo especulación. Lo mío es otra cosa. Cuando nací fui bautizado con el sonoro nombre de Melquisedec Ospina. Todavía hay una partida de bautismo con ese nombre en alguna parte.
No se que hubiera sido de mí, circulando por el mundo con ese nombre, única herencia de mi papá. Tal vez fuera alguien de renombre. O alguien muy perturbado con una infancia traumatizada después de años de burla constante.
Por fortuna el nombre nunca salió del documento de la notaría. Con excepción de mi abuela que a veces me llamaba Melkis, todos siempre me llamaron Julián Flórez. Incluso durante los años en que no era mi nombre legal. Luego fui rebautizado, con procedimientos de cuestionable legalidad, porque hubo que construir unas pequeñas mentiras. Pero heme aquí orgulloso de mi bonito nombre y mi natural apellido: Julián Flórez Gómez.
Si fuera Melquisedec quizás no estuviera aquí escribiendo justo estas palabras en este momento.
Por eso el título de esta nota: cada persona debería reconocer la importancia de llamarse como se llama.
A propósito, el título de este blog es "La bitácora de Melkiju" donde Melkiju es una combinación de mi anterior nombre y el nuevo.
Gracias por su tiempo.
Me sorprende enterarme que la obra original en inglés se llama "The importance of being Earnest" que traducida al español sería "La importancia de ser serio". El juego de palabras en inglés se origina porque Earnest (serio) y Ernest (nombre propio) son homófonas.
Por supuesto que una buena traducción del título al castellano debería conservar la intención de jugar con el título por parte del autor, lo cual no sucede. Sin embargo, si pasa con la obra en catalán: "La importància de ser Frank", se conserva el juego de palabras del título original, pues en catalán el nombre «Frank» y la palabra «franc» (honesto) son homófonos.
¿Y de que me sirve saber tal cosa? De nada, por supuesto. Solo es un párrafo introductorio para mencionar la importancia de nuestro nombre.
¿Alguna vez ha imaginado llamarse de otra manera? Si su nombre fuera distinto tal vez Usted no fuera quien es. Quizás no estuviera casado(a) con su cónyuge actual o su profesión fuera diferente.
Ahora bien, haberse llamado distinto puede no ser traumático si el nombre es aceptable o reconocido. Incluso si no es un nombre bonito pero es común, uno debería darse por satisfecho. Pero tener un nombre raro o considerado feo, debe ser muy malo para la autoestima.
Para la mayoría esto es solo especulación. Lo mío es otra cosa. Cuando nací fui bautizado con el sonoro nombre de Melquisedec Ospina. Todavía hay una partida de bautismo con ese nombre en alguna parte.
No se que hubiera sido de mí, circulando por el mundo con ese nombre, única herencia de mi papá. Tal vez fuera alguien de renombre. O alguien muy perturbado con una infancia traumatizada después de años de burla constante.
Por fortuna el nombre nunca salió del documento de la notaría. Con excepción de mi abuela que a veces me llamaba Melkis, todos siempre me llamaron Julián Flórez. Incluso durante los años en que no era mi nombre legal. Luego fui rebautizado, con procedimientos de cuestionable legalidad, porque hubo que construir unas pequeñas mentiras. Pero heme aquí orgulloso de mi bonito nombre y mi natural apellido: Julián Flórez Gómez.
Si fuera Melquisedec quizás no estuviera aquí escribiendo justo estas palabras en este momento.
Por eso el título de esta nota: cada persona debería reconocer la importancia de llamarse como se llama.
A propósito, el título de este blog es "La bitácora de Melkiju" donde Melkiju es una combinación de mi anterior nombre y el nuevo.
Gracias por su tiempo.
jueves, 3 de agosto de 2017
Revelador estudio en
Kennedy Institute School
Advertencia: Este es un texto escrito en broma. Tiene una intención lúdica y me sirve para sacarme la piedra que tengo después de calificar algunos exámenes el día de ayer. No se apresure a tomarlo en serio ni a reenviarlo en alguna cadena. Gracias
Harris Cooper, profesor de la U. de Duke, conductor de un estudio sobre deberes escolares, declaró: "No encontramos evidencia de que las tareas ayuden a los niños a ser mejores estudiantes". Así mismo, el profesor Etta Kralovec de la U. de Arizona concuerda: “Las tareas que los profesores dejamos a nuestros alumnos en realidad no representan ningún beneficio para ellos”. Ambos afirman que las tareas y trabajos para hacer en casa quitan tiempo para otras actividades que son igual de importantes.
Al ser consultados, estudiantes del “Kennedy Institute School”, dijeron que efectivamente las tareas les dejaban poco tiempo para explorar las redes sociales, ver los canales educativos RCN y Caracol, mirar videos XXX en las zonas Wi Fi gratuitas, reunirse en el parque con los amigos en torno a un "cigarrillo", o simplemente pasar largos ratos de ocio en la soledad del hogar. El 2% de los 11 estudiantes encuestados manifestó que hacer tareas les impedía practicar deportes y compartir con los padres.
(Si no aparece el resto del texto haga clic en "Más información" para ver mas información)
Al ser consultados, estudiantes del “Kennedy Institute School”, dijeron que efectivamente las tareas les dejaban poco tiempo para explorar las redes sociales, ver los canales educativos RCN y Caracol, mirar videos XXX en las zonas Wi Fi gratuitas, reunirse en el parque con los amigos en torno a un "cigarrillo", o simplemente pasar largos ratos de ocio en la soledad del hogar. El 2% de los 11 estudiantes encuestados manifestó que hacer tareas les impedía practicar deportes y compartir con los padres.
(Si no aparece el resto del texto haga clic en "Más información" para ver mas información)
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)

