viernes, 19 de enero de 2018

Confesiones de un tacaño

Tengo una confesión para hacer: soy un tacaño. No sé si lo he sido siempre o me trasformé con los años.

Tal vez la primera en darse cuenta, fue mi hija.

-¿Pa, por qué no nos vamos en taxi?
-¿Cómo se le ocurre? Caminando hacemos ejercicio y el ejercicio es salud.

Supongo que al principio fue fácil embolatarla.

-Pa, quiero esos yines rotos, arrugados y sucios que se ven en esa vitrina y que solo valen $250.000
-No mija, en San Andresito valen $40.000 y los entregan limpios y en perfecto estado.

Cuando creció me resultó imposible enredarla. Así resulté pagando $150.000 por unos zapatos de tenis en tela, igualitos a los modestos y económicos  CROYDON de mi época de estudiante. Si tenían la marca CONVERSE, podían costar hasta $240.000.

No obstante ser un tacaño, puedo ser bastante razonable a la hora de gastar, sobre todo después de amargarme con las consecuencias de comprar barato. Recuerdo haber comprado dos pares de zapatos en una promoción “dos pares por el precio de uno”.  Me duraron menos de dos meses: la imitación cuero hecha de cartón, se malogró. Desde entonces en cuestión de calzado voy a lo seguro, solo zapatos de marca.

En un restaurante tengo que hacer gala de mucho auto control para pagar, por una comida de $10.000, hasta $28.000, que dizque porque el restaurante tiene un ambiente exclusivo. De hecho no me molesta pagar un alto costo, si estoy convencido de que el objeto y el servicio realmente lo vale. Lo contrario me deja la humillante sensación de haber sido estafado.

Ser tacaño no es bueno. Siempre se tiene una agobiante sensación de abuso con los precios de ciertos establecimientos. La semana pasada fui a La Lucerna: volovanes con pollo $14.000, pasable. Helado de no sé qué cosa, $8.500, pasable. Un vasito con 250 mililitros de coca cola y un cargamento de hielo… $3.800, ¡qué robo! ¿Y saben cuánto cuestan unas papitas a la francesa?  $8.000.

 ¡Ladrones, sinvergüenzas! Una libra de papa en el supermercado cuesta $600 y estoy seguro que el campesino que la cultiva y la cosecha no la vende en $200.

Y aquí va otro ejemplo: el agua. Una botella de 600 mililitros puede costar desde $2.000 hasta $5.000 dependiendo del lugar. Con el precio de la gasolina por las nubes pagar hasta cinco veces más caro por agua corriente es absurdo. Apuesto a que Usted nunca se había puesto a pensar en ello.

No obstante los tacaños intentamos defendernos del abuso. Así, un tacaño que se respete nunca compra agua embotellada y si lo hace, guarda el recipiente, así puede llenarlo con agua de la llave para la próxima vez que necesite. Lo mismo pasa con el té. Una botella te cuesta $2.200. Pero si lo preparas en casa pagas por el sobre $1.000 y rinde tres botellas.

Podría citar otros ejemplos de descarado robo en los precios de artículos corrientes, que se convierten en razones de indignación constante para nosotros los tacaños, pero no es necesario. Dejemos así y terminemos mencionando lo que más me desconcierta al momento de pagar. Una pregunta que me descoloca y para la cual siempre tengo una respuesta vacilante ¿Desea incluir el servicio?

¿Luego el servicio no está implícito en el costo de la comida, la cerveza o el tinto?

El año pasado me pasó en una celebración de cumpleaños. En uno de esos restaurantes donde los meseros visten mejor que los comensales me cobraron $375.000 por almuerzo para 7 personas, jugos naturales  y jarra de sangría. ¡Qué atraco!, pensé. Pero faltaban los $37.500 del servicio. Por supuesto no dije ni mu, y pagué entre indignado y resignado.

¿Qué clase de atrevido descaro de ha ido apoderando de los comerciantes? ¿Cómo es eso que ahora completan el modesto salario que pagan a sus empleados con nuestro dinero? ¿Quién garantiza que “el servicio” o propina voluntaria no pasa a manos del propietario del negocio?

Y lo peor es que le preguntan a uno con fingida cortesía, como si de verdad uno tuviera opción. ¿Quién se niega? ¡Qué dirá la gente! ¡Qué oso!

Al final siempre pago la “propina voluntaria” y quedo con la duda: ¿Será que hay otros tacaños que se escandalizan en forma parecida? ¿Perteneceré a alguna especie extraña de persona? ¿Habrá otros como yo, quienes nunca compramos agua embotellada ni usamos Levis?

Si Usted es de los míos unámonos en una asociación para contestar “no” a la preguntica sobre incluir el servicio. Mientras tanto y hasta que no encuentre apoyo, seguiré pagando la “propina voluntaria” sin protesta ni reclamo. ¡Qué oso!  Alguien podría descubrir que soy tacaño. Y aunque lo soy, no es necesario que los demás lo sepan.

1 comentario:

  1. Hacer resistencia en medio de éste capitalismo que, aún no es tan salvaje, es la tarea. Muchas de las cosas que compramos no las necesitamos y otras tantas que regalamos los demás ni las necesitan... Aplicar una lógica del no consumo ( solo consumir lo estrictamente necesario) es un tanto difícil, pero hay que hacerle, sobre todo en nuestro gremio para no vivir endeudados.

    ResponderEliminar