Un docente argentino, llamado Gonzalo Santos, publica un escandaloso libro donde retrata la crisis de la educación pública en la Provincia Autónoma de Buenos Aires. En otro lugar del mundo un docente colombiano que vive la perplejidad que le ocasionan las contradicciones de su propio modelo educativo, descubre el libro a través de una entrevista en Youtube y escribe una entrada en su blog.
Lo valioso del aporte de Gonzalo Santos para Argentina, es que pone el dedo en la llaga y hace una denuncia con contundencia y franqueza, misma que ha obligado a revisar el tema por parte del ministerio correspondiente (o por lo menos lo han llamado para que amplíe sus denuncias... o ¿amenazarlo?). Lo interesante para nuestro caso colombiano es, que viviendo una realidad
paralela y similar a la nuestra, él llega a conclusiones que son asombrosamente idénticas a las que nosotros pudieramos permitirnos, si nos diera la gana y si no estuviéramos tan ocupados construyendo castillos con pompas de jabón.
La emoción de descubrir que no estoy tan loco como sospechan algunos, o que por lo menos hay alguien tan perturbado y excéntrico como yo, me instan a compartir su testimonio. Sin embargo, no resulta sensato vincular su experiencia con nuestra realidad, sin hacer un preámbulo que nos proporcione contexto. Como es mi personal interpretación, Usted puede estar en desacuerdo, y parafraseando al filósofo-lustrabotas de Medellín, quizás piense: "interesante pero discutible"
El contexto lo proporcionan nuestras instituciones y por eso voy a referirme al balance que se hace al terminar cada año, y que muestra altos índices de fracaso en algunas áreas del conocimiento, pero que curiosamente no se corresponden con los índices de promoción. Dicho en otras palabras, de forma sutil y elegante para no sonar chocante:
Se suele evidenciar, a veces de forma imperceptible y otras de manera notable, una tendencia a promover sin que existan suficientes méritos.
Este "favorecimiento" es entendible, aunque objetable, en las jornadas nocturna o sabatina y en los programas caminar o aceleración. Hay en juego algunas consideraciones "humanísticas" y muchas variables sociales imponderables. Por el contrario, en la jornada regular esa flexibilidad gratuita no tiene razón de ser. No obstante, ha venido sucediendo en casi todas las instituciones oficiales, por una controvertida forma de alquimia conceptual que trasmuta la misión del maestro en una especie de servicio social compasivo, y que convirtió la búsqueda de la promoción, por parte del estudiante, en una colección de prácticas mendicantes. ("Ayúdeme profe")
Así, "el pesar" se vuelve el exclusivo recurso de algunos chicos, quienes esperan confiados a que la comisión de evaluación les dé la "patadita de la buena suerte" que les permita pasar al grado siguiente. Es decir que la promoción que antes hacíamos por decreto (95%), ahora puede hacerse por lástima, cansancio, o apatía.
Y como no hay mal que dure 100 años, en aquellas asignaturas que requieren saberes previos bien fundamentados, la acumulación de carencias vuelve imposible sostener resultados satisfactorios. No hay ninguna maldad del profesor cuando deja de aprobar al alumno; es que no hay ninguna evidencia que lo justifique. Por eso el niño pierde la asignatura y no hay San José de Cupertino que valga.
En IK los resultados del año pasado así lo demuestran. No es fortuito ni inesperado que hubiera tanta pérdida y que las matemáticas tuvieran tanto protagonismo. Por el contrario, es el desenlace lógico de un proceso de negligencia sistematizada, estimulada por el estado, y de las torpes y equivocadas estrategias de promoción que buscan embellecer las estadísticas y engordar los números del mal llamado Índice Sintético de la Calidad Educativa.
Son comprensibles los alegatos de quienes anteponen el humanismo y el asunto de la felicidad de los niños a las razones de tipo racional y académico. Sus argumentos son tan justos y sensatos que termina uno por darles la razón. Sin embargo, nos equivocamos todos en la interpretación y aplicación, pues poniendo números más altos o caritas felices a quien no tiene las competencias, no le estamos haciendo ningún favor al sujeto y menos a la sociedad.
Y esta observación no es para nada trivial. El país necesita de la inteligencia lógica de sus ciudadanos (ya tenemos mucho de las otras inteligencias) para producir la ciencia y la tecnología necesaria para resolver los retos ambientales, nutricionales, energéticos y de salud del recién inaugurado milenio. Mintiéndonos a nosotros mismos nunca será posible lograrlo.
El fenómeno no es local y es probable que sea latinoamericano. Por lo menos se sabe que en Argentina es mucho peor. Así se deduce de los apartes de la entrevista a Gonzalo Santos, quien denuncia en su libro "En las escuelas", las lamentables situaciones de persecución y acoso al docente por parte un sistema educativo en crisis.
Tuve la fortuna de encontrar esa entrevista y me sentí bastante identificado con la frustración de Gonzalo Santos. Aquí se viven situaciones similares, legitimadas principalmente por falsas posturas pedagógicas pero sobre todo por la abulia y la apatía de gran parte de los trabajadores de la educación, cansados de pelear contra un estado que les pone toda clase de trabas administrativas, les restringe derechos y les niega dignidad y respeto.
En la anterior entrada comenté y compartí dicha entrevista.
"Colombia la más educada" parece ser una ilusión posible si cambiamos la lástima y la actitud mendicante por disciplina y justicia administradas con comprensión.
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