Por otro lado, la relación contractual con el empleador, desventajosa y abusiva, además de las fricciones cotidianas con los jefes inmediatos, terminan por hacer de un trabajo que debiera estar lleno de alegría, una actividad de resignación y renuncia a los ideales.
Las conversaciones cotidianas de los docentes, y hasta sus bromas, están llenas de amargura. Y la frustración y el fatalismo son sujeto y predicado constante.
Volverse cínico y descarado es la otra alternativa. Reconocer que las cosas están mal, que podrían estar peor y no hacer nada porque nada importa o por un sentimiento de total futilidad de los esfuerzos, es la opción que otros asumen para consevar su lucidez.
Pareciera que lo único que le da sentido al trabajo es el salario que se recibe al final del mes. Y mientras soportamos con mercenario estoicismo los maltratos y el irrespeto de nuestros estudiantes o sus acudientes. Y mientras nos mordemos la lengua para no decirle al inmediato superior lo equivocado que está (por miedo a represalias), la vida sigue su curso y los meses se suceden uno tras otro con sus correspondientes salarios. Con ese dinero compramos el poquito de felicidad que el trabajo nos niega.
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Me niego a ser un mercenario. Me niego a la tristeza y a la frustración. No quiero la amargura. Tampoco quiero la falsa alegría del cinismo ni mucho menos la resignación. Poner la otra mejilla no es un opción para mi. Merezco respeto y nadie puede pisotear mi dignidad. Saber eso me permite encontrarle sentido a mi trabajo. Además tengo una enorme capacidad de asombro e indignación que no puedo (ni quiero) dejar de manifestar, y que me permite trabajar, cada día, con energía y entusiasmo.
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