viernes, 15 de agosto de 2014

Un adiós para Nicol Stefany

Bitácora del día a día en Instituto Kennedy (agosto de 2014)

Viernes: Al cumplir con el turno de acompañamiento en el descanso en el sector de grados 10 y 11, nunca tengo claro donde empieza y dónde termina la zona que debo "vigilar". Así que subo hacia el caminito entre la maleza, junto al muro, y hago un recorrido que me permite mirar el panorama, desde los salones de grado 9A, dónde siempre me encuentro a Jhorman A y a Luisa L, quienes muy juiciosos, siempre aceptan mi sugerencia de salir del salón.

Después camino hacia el punto donde puedo ver las puertas de los salones de los grados undécimo y los techos de grado décimo. Veo, desde arriba, a Jennifer C y a su socia Maribel D, sin hablarse, concentradas en sus respectivos celulares. Les tomo una foto con la tablet, sin que ellas lo sepan, y me pregunto qué tan peligroso será para ellas estar allí. Concluyo que, a menos que el barranco se les venga encima, no hay nada que temer... pero les pido que se retiren de allí porque esa es la norma.


Sigo caminando hasta que logro ver, hacia la derecha, el techo del kiosko que está situado junto a la sala de profesores. Doy tres pasos más y casi de la nada, sobre la vegetación silvestre, a 15 metros, aparece una cabecita (que resultan ser dos) y reconozco a Yulei R y Camila C de "Aceleración", quienes cómodamente sentadas, parecen disfrutar de un picnic imaginario, totalmente desentendidas del abismo que tienen a menos de un metro de distancia. (O sea el barranco de la parte trasera de la sala de profesores)

¿Que si las vacié? ¡Por supuesto! Y les tome varias fotos “incriminatorias”... y aprovecho que son chiquitas para regañarlas y hacerlas retirar de inmediato.

Después me devuelvo hasta un punto donde puedo ver el tanque, y compruebo que nadie cuida por allí. Capturo la imagen de algunos chicos de séptimo grado que juegan, alegres, sobre algunos pedazos de madera amontonados. Ellos, tan pronto me ven, salen huyendo a esconderse detrás del tanque, felices de que haya un profesor enojón y tonto, pues les permite vivir la aventura de escapar y ocultarse.

Lunes: Cumplo el turno de acompañamiento en el kiosko. Observo a los estudiantes enfrascados en sus rutinas adolescentes y sus absurdas conversaciones y me pregunto si alguna vez pude haber sido tan bobalicón como me parecen ellos hoy.

Me tranquiliza comprobar que son los mismos de otros lunes, un poco más calmados que de costumbre. Supongo que no tendré que volver a impedirles que jueguen con el balón o practiquen sus coreografías de lucha libre (o lo que sea que hacen cuando uno de ellos atrapa al otro por el cuello y oprime hasta que el atrapado se va tornando rojo). Tal vez comprendieron el mensaje cuando les explique que no estaba en contra de sus juegos porque quisiera, sino por lo peligroso que resultaban los bordes afilados del redondel de cemento que rodea el kiosko. O tal vez no comprendieron nada y solo temen las consecuencias porque alguna vez me vieron muy “bravo” y los amenacé, cámara en mano, con tomarles una foto en flagrancia (esta amenaza nunca me falla).

Miro a lo lejos, en la zona verde junto a los grados novenos, mientras los chicos corretean y forman combos cerca de las ventanas. Me pregunto quién será el responsable de esa zona y ruego a Dios que los objetos que algunos chicos arrojan a otros, no sean más que guayabas podridas...y que si son piedras, pues que no den en el blanco.

Suena el toque para finalizar el descanso a las 9:50 am. Ninguno de los chicos se mueve. Espero dos minutos y solo algunos estudiantes parecen entender que es hora de dirigirse a los salones. Cuando han pasado tres minutos me dirijo con rapidez hacia la sala de sistemas donde seguramente estarán esperándome los estudiantes de 9C. Tardo 50 segundos en llegar. En la puerta solo me esperan dos estudiantes quienes entran después de mí y se ponen a trabajar de inmediato. Los demás empiezan a llegar a las 9:57 am. El último llega a las 10:05 am y cuando le pregunto por el motivo de su tardanza me mira extrañado, por lo “insólito” de mi pregunta, y me dice que estaba esperando que sonara la segunda vez.

Martes: Estoy en mi casa atendiendo la visita de mis sobrinos, Brenda de 16 y Felipe de 15. Han pasado a saludar. Felipe está de “civil”. Brenda viste su uniforme del colegio y luce, de manera bastante conspicua, una identificación que cuelga de su cuello por medio de una poderosa pretina de nailon. A leguas se nota que en “La Boyacá” la disciplina es muy estricta pues son las 7:30 pm y Brenda todavía no se despoja de la identificación que el colegio les obliga a portar en todo momento.
Ella me confirma que todas las niñas usan el identificador y Felipe dice que en el INEM también lo hacen, pero, añade en tono de reproche, algunos chicos difíciles no lo portan y los profesores no les dicen nada.

Brenda, que parece entender mejor la molestia de su hermano me dice: A Felipe no le molesta usar el identificador, lo que le fastidia es ser corregido por no usarlo (llaman a las casas para comprometer a los padres); pero a otros estudiantes que no lo usan, con profesores más permisivos (“chéveres”), jamás les dicen nada.

Mientras la escucho tengo tiempo de evaluarme: ¿Soy chévere o antichévere?. Creo que soy bastante antichévere. Amargado y cascarrabias. Regañón y pendenciero, sobre todo con los más chiquitos…pero me empiezo a cansar de serlo. Creo que debo pensar en “un nuevo paradigma”…tal vez mañana me relaje un poco…quizás no deba tomarme las cosas tan a pecho.

Como no quiero que mi sobrino se sienta defraudado por las inconsistencias de las reglas de su colegio, le doy un pequeño sermón admonitorio sobre la responsabilidad y sobre la importancia de mantenerse bien identificados y la presentación personal y bla, bla, bla.

Me preguntan que como es en Kennedy y yo les digo que apenas estamos empezando con lo de la identificación, que ya tuvimos la experiencia y parece que no tuvo mucho éxito; pero que seguramente lo tendremos muy organizado el año entrante, y que estoy ansioso de que suceda porque me parece una verraquera que todos los estudiantes luzcan pulcros, limpios, identificados, y no digo nada de las medias; pero pienso: “y que bueno fuera que todos usaran calcetines”.

Me hago el propósito de hablar con mis coordinadores para preguntarles que ha pasado con la importante iniciativa del “identificador colgado de la nuca con la impresionante y fuerte pretina de nailon irrompible”.


Miércoles: Llego al colegio y me recibe un callejón formado por niños pequeños con bombas multicolores [ bomba = globo ]. Una profesora bonita me obsequia un globo amarillo. Me pone de buen humor ver a los niños y solo lamento que no tengan su “identificador colgado de la nuca con la impresionante y fuerte pretina de nailon irrompible”, pues se verían muy lindos y darían una muy buena imagen.

El buen humor me alcanza para no sentirme irritado porque el gobernador requiere a los estudiantes que tienen clase conmigo a esa hora. Practico alguno de los propósitos del día anterior: intento relajarme y no tomarme el mundo tan en serio; inaugurarme en un nuevo paradigma; fresquearme.

En la tarde llego a mi casa y mientras almuerzo, mi hija con la tablet en la mano, me dice: “apa, ahora que almuerce le muestro algo”.

Ella, periodista en ciernes, suele sorprenderme con imágenes o artículos de prensa interesantes o graciosos. Así que almuerzo, intrigado y expectante, tratando de no apresurarme. Termino y todavía con el vaso de jugo medio lleno, le reclamo lo prometido. Me muestra el video de la noticia sobre la niña que murió en el patio de juegos de su colegio, asfixiada con su “identificador colgado de la nuca con la impresionante y fuerte pretina de nailon irrompible”.

Por algunos momentos me quedo sin palabras y con un leve sentimiento de culpa que se agranda por momentos, cuando pienso en la niña colgada del cordón de su identificador mientras sus asustados compañeritos intentan en vano llamar la atención de la profesora.

Yo soy muy emocional, pero me enseñaron a no demostrarlo en público. Con mi hija no tengo que esconder mi asombro, mi indignación y mi tristeza. Tampoco me ahorro epítetos (@#$%&/!+) para los responsables ni para las circunstancias fatales que terminaron con la vida de la nenita.

Maldito “identificador colgado de la nuca con la impresionante y fuerte pretina de nailon irrompible”, malditos patios de juego sin supervisión de un adulto, malditos profesores que no están en donde debieran para impedir muertes innecesarias, malditos los que se relajan y no cumplen con su deber, (y se me vienen a la mente los sujetos del bus de Fundación donde 32 niños ardieron).

Maldito estado que satura de tareas a los docentes y les disminuye la posibilidad de acompañar, de aconsejar, de guiar y de cuidar. Maldito yo mismo por haber pensado que el identificador podría ser una buena idea cuando en realidad es un riesgo mortal.
……
Recuerdo situaciones rutinarias y cotidianas donde mi presencia pudiera hacer la diferencia y me hago nuevos propósitos: jamás fresquearme ni relajarme. Y aunque me disgusta tener que cumplir con la tarea de los acompañamientos en descanso y muchas veces se me olvida, voy a procurar hacerlo sin disgusto ni protesta.

Sé que los chicos que juegan en el kiosko son un poco menos felices cuando estoy cerca. Sé que Yulei y Camila de “Aceleración” no estuvieron contentas cuando las salvé de la posibilidad de caer por el barranco. Sé que algunos chicos que “no hacen nada malo” en las horas del descanso; pero que se ubican en zonas inadecuadas, me odian un poquito cuando le pido retirarse. Sé que algunas personas podrían disgustarse porque se sienten reflejadas en este texto.

Pero sé también que otros podrían sentirse impelidos a cumplir con su deber de manera más espontánea y con sincero propósito de servir. Al menos esa ha sido mi intención y es mi personal manera de honrar la memoria de Nicol Stefany y de todos los niños que son víctimas por acción o por omisión de circunstancias fatales, pero seguramente y sobre todo, de la negligencia de los adultos que tienen la obligación de cuidarlos.
……
Adiós Nicol Stefany. Nunca te conocí pero lamento mucho tu prematura partida.
Espero que haya muchos columpios y toboganes en el patio de juegos del cielo al que te fuiste.
Que hermosos perros fucsia y verde lima correteen a tu alrededor y de vez en cuando se acerquen a lamer tu cara.
Que haya conejos perfumados en el suelo y muchos pájaros silbadores en las ramas de los árboles.
Que un sol de muchos colores ilumine tus juegos diurnos y que varias lunas alumbren tus noches.
Que cada niño tenga, no uno, sino cuatro ángeles de la guarda, para que nada en ese paraje celestial pueda sobresaltarlos ni borrar la eterna sonrisa de sus rostros...
……

No hay comentarios:

Publicar un comentario