sábado, 15 de mayo de 2021

Mi teniente Carvajal

Recuerdo mis días de servicio militar obligatorio. Éramos niños inocentes, ajenos al odio y la guerra, pero ahí estábamos; listos a defender la patria del demonio de la guerrilla y de cualquier manifestación de descontento popular.

En las largas sesiones de entrenamiento e instrucción militar (adoctrinamiento), el principal argumento era combatir la guerrilla, y la única estrategia de motivación era incentivar el odio irracional por la subversión.

Algunos creen que el cuartel es como una gran escuela, con amables pero estrictos profesores. Seguro han estado viendo muchas películas gringas. Cuando uno es soldado se acostumbra al trato denigrante de algunos suboficiales y oficiales, no se sabe bien, si como estrategia espartana de templanza de nuestro carácter, o porque eran unos resentidos y decepcionados de la institución.

Y no recuerdo que nadie se quejara de los abusos. No había redes sociales y cuando alguien mencionaba los derechos humanos, todos teníamos una referencia vaga a una colección de frases que Antonio Nariño había traducido del francés.

No voy a olvidarme nunca de “mi teniente” Carvajal. Siempre impecable con su uniforme muy bien planchado y sus botas relucientes. Nos hablaba con su voz suave y meliflua y su sibilino acento rolo,  mirándonos con total desprecio, tal vez acostumbrado a comandar feroces guerreros, ahora reducido a jugar a los soldaditos con estos niños recién salidos del colegio y obligados a cumplir con un servicio militar obligatorio en una unidad que tenía el pretencioso e inútil nombre de “Policía Militar”

El incidente que marcó mi concepto y sesgó mi opinión para siempre, sucedió una mañana en el patio, y en plena formación. Dos compañías, la antigua y la nueva, cada una con cuatro pelotones. Yo estaba en la segunda escuadra del primer pelotón. Y fui de los primeros en ser llamado para comprar el libro. 

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Perdón, olvidé mencionar  “el libro “ y el propósito de la formación.

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Nos habían hecho formar de manera especial para comprar el libro que cierto “mayor” del ejército, había “escrito”. 

Antes de llegar allá, yo ya había leído muy buenos autores y obras extraordinarias. Proust, Milton, Dostoievsky, Balzac, Borges.  Así que no tenía, ni siquiera un poco, de ganas de comprar el libro de “mi mayor” que consistía en una recopilación, en rústica, de leyendas populares: El mohán, la patasola, la llorona, escritas con la patética intención de ser interesantes, pero que no tenían la más mínima calidad literaria (aunque eso lo vine a saber después). 

El hecho relevante  es que me negué a comprar el libro.

Pero la cosa no era opcional porque en la milicia no existe la democracia, la orden era pagar por "el libro", sin discutir, usando parte de los $1.200 pesos que nos daban mensualmente para  betún e implementos de aseo.

Mi apellido es Florez y habiendo Arias, Cortés, Buitrago, Bermúdez, Dávila, antes de mí, tuve el infortunio de ser el primero de los 5 rebeldes y “disociadores” en ser separado del pelotón para ser interrogado. Nos formaron adelante del resto, como si fuéramos culpables de un grave hecho disciplinario.

"Mi teniente" Carvajal se plantó ante mí. No era ni temible ni imponente. Tan solo un hombre en uniforme, demasiado elegante y metrosexual, con su cuidado bigote de Pedro Infante, con su voz suave y delgada y mirándome con su insoportable desprecio: ¿Por qué no quiere comprar el libro, soldado?

Yo estaba aterrorizado. No tenía idea del tipo de falta que estaba cometiendo. Y les aseguro que si hubiera sabido que "mi teniente" iba a dedicarme su atención, a mí, un vil e insignificante soldado, habría hecho lo que los demás: comprar el libro en silencio.

“Permiso para hablar, mi teniente” dije en voz muy alta y con fingida rudeza porque además de pensar como te dicen, había que ser muy rudos y muy machos para ser aceptados en el batallón.

“No tengo dinero pues lo gasté en cosas de aseo” dije apresuradamente. 

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“Mi teniente” me miró como mira una serpiente que está a punto de  tragarse un ratón. (Lo he visto en los documentales de NatGeo.)

Metió sus pulcras y manicuradas manos en mi bolsillo izquierdo del pantalón, como si supiera exactamente donde buscar, y allí estaba la plata, completica, los modestos 1.200 pesos que nos daban.

No hubo aviso ni sospecha.  El bofetón que me dio "mi teniente Carvajal", además con exceso de innecesaria energía, me tomó por sorpresa.

Nunca antes y nunca después nadie me ha ultrajado ni causado ofensa parecida. La mejilla me ardía sin ningún dolor y mi cara estaba roja de la rabia y humillación.

Por cosas como esas, algunos soldados han asesinado a sus superiores. Pero yo no era un soldado. Era solo un niño sensible y buen estudiante, arrancado de su hábitat, para servir en un ambiente hostil y arbitrario. Yo simplemente me tragué la rabia y el orgullo.

Pero fue ese gesto de un oficial del glorioso ejército de Colombia, por violar una orden que claramente configuraba un acto de corrupción, y pisoteando mi dignidad, lo que término por dejarme una de las enseñanzas más decepcionantes  que adquirí y comprobé después muchas veces: supe que con esa gente, ejército y policías del ESMAD (cuerpo de soldados dentro de la policía), no hay razones ni inteligencia. Solo desprecio por las personas y para quienes el menoscabo de cualquier derecho se justifica por el cumplimiento de órdenes. 

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Si con un simple bofetón "mi teniente" terminó de matar cualquier sentimiento de admiración y aprecio por las fuerzas armadas, no imagino el grado de dolor, impotencia y humillación que siente una mujer víctima del abuso sexual por parte  de uno de los héroes de uniforme. Ni la rabia y el dolor cuando se descubre que un familiar fue "legalizado" por soldados o policías. O ante el infortunio de enterrar un familiar asesinado por las fuerzas del orden, en esa batalla desigual de piedras contra balas, y tan bien vista por los "ciudadanos de bien".

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A propósito de las arbitrariedades de la fuerza policial y en momentos en que Uribe y su secta le pide al presidente mandar al ejército a recuperar el orden, recordé hoy, sin alegría y sin ningún rencor, a “mi teniente” Carvajal... y sentí mucho temor.

Si ese Darth Sidious antioqueño logra imponer el lado oscuro de la fuerza sobre Colombia, ¡que Dios nos ampare!

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