Siempre me ha sorpendido la forma abierta y "descarada" como se publica música en las redes. Lo de YouTube, en particular, es alucinante. Uno tiene la impresión de que en las bodegas infinitas de los servidores de Google, se puede encontrar casi cualquier canción que alguna vez haya sido grabada.
Junto con el asombro por la extraordinaria posibilidad de llevar hasta nuestra sala, fiesta o reunión, las más preciosas (o desagradables), conocidas o raras piezas de la discografía mundial, vienen las preguntas:
¿Qué pasa con los derechos de autor?
¿Quién se lucra cuando un tema musical, publicado por un anónimo y desconocido youtuber, alcanza un número considerable de reproducciones?
Esa es la cuestión de esta nota autobiográfica en donde me dispongo a confesar un crimen.
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El viernes pasado compramos un cupo para un concierto virtual. Duré mucho rato imaginando si era pertinente pagar los $45.000 que valía la boleta virtual. "Tacaño" me decía una vocecita traviesa por el oído derecho. "Prudente" me decía otra voz menos festiva por la oreja izquerda. Al fin triunfó la parte "aventurera" de mi conciencia e hice el gasto por PSE, mientras la otra vocecita gritaba "Despilfarro".
La experiencia valió la pena. Vimos un concierto supuestamente "En vivo", un poco más corto de la hora y media que decía la promoción del evento. La imagen en la pantalla grande del proyector, que pedí prestado, y el audio amplificado en el JBL, que solo podrás imaginar si has escuchado otro JBL, nos dieron una experiencia insuperable.
Andrés Cepeda, enorme, carismático e íntimo, al lado de unos extraordinarios músicos, interpretó lo más reciente y lo más representativo de su repertorio, en una trasmisión con una calidad de imagen y sonido extraordinarios, algo poco frecuente cuando se trata de experiencias streaming.
No pude resistirme a la tentación de guardarlo para la posteridad... o tal vez solo para el otro día. Entonces, lo grabé. Después lo edité un poco tratando de sacarle la publicidad y las referencias ajenas a la experiencia musical. Al otro día volvimos a ver ese espectacular concierto con un juego de luces mágico y extrasensorial en un entorno místico de ensueño, solo posible en la catedral de sal de Zipaquirá.
Tuve la pésima idea de ponerlo en mi canal de Youtube, solo como repositorio, para no ocupar espacio de disco duro. Juro que no tenía intenciones de violar ninguna ley. Mejor no lo hubiera hecho. Mi delito se hizo público. Youtube me jaló las orejas (virtualmente) y me advirtió que no iba a tener ninguna ganancia con este video y que cualquier ingreso por publicidad asociada pasaba a manos del titular de derechos de autor.
El video ya ha tenido 1600 reproducciones y dos comentarios que me recriminan el tema de los derechos. Tiene 117 "Me gusta", record increíble para alguien que pone videos educativos que nadie mira y a los que con fecuencia los estudiantes le ponen un pulgar señalando el piso.
Mi esposa me dijo que lo quitara de inmediato... ¿es porque te preocupas por mí? le pregunté. Ella dijo que si, pero sé que es más por las incómodas requisas para los visitantes en "LA CUARENTA".
Yo estoy expectante y ansioso, saltando de susto cada vez que tocan la puerta. Pensando que en cualquier momento llegará la autoridad con orden de allanamiento para llevarse mi computador. Pero me mata la curiosidad por saber cuantas reproducciones tendrá el video antes de que mi acción alcance el estatus de delito informático y el video sea borrado de los registros de Youtube. En este momento no veo un crimen sino un experimento social. O sea que más que delincuente cibernético, ¡soy un científico!
Abajo voy a poner la evidencia de mi delito. Y dejo constancia de que reconozco que tal vez no ha sido mi actuar más transparente. No trate de ver el video pues podría convertirse en cómplice.
Deséenme suerte, y si voy prisión no me lleven cigarrillos... preferiría una lluvia de sobres... si no es mucha molestia. Gracias.
Siempre es un placer leerlo. En nombre de la ciencia y la religión se han cometido muchos delitos... justificables?? Un abrazo profe.
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